Epílogo: Etnografías sin nariz

Katerina Sergidou, Noemi Gómez Mendoza, Idoia Galán Silvo, Iosune Fernández-Centeno, Miriam del Pino Molina, Margaret Bullen

Cita recomendada: Sergidou, K., Gómez Mendoza, N., Galán Silvo, I., Fernández-Centeno, I., del Pino Molina, M. y Bullen, M. (2022). ‘Epílogo: Etnografías sin nariz’, entanglements, 5(1/2): 194-198


Perder el sentido del olfato conlleva un recordatorio constante, impertinente y bruto.

En parte porque los que podemos oler siempre lo hacemos, con o sin ganas, con o sin aviso. Olemos porque la sensación abraza a la respiración, se funden en el sentimiento.

Olemos cuando respiramos, cuando vivimos.

La pandemia de Coronavirus que comenzó en 2020 trajo consigo la pérdida del olfato para algunas de las personas afectadas por el virus, y la imposibilidad de oler para otras, encerradas en sus casas e incapaces de acceder a los paisajes olfativos de la vida cotidiana antes de COVID-19. En este epílogo, reunimos nuestras experiencias de sufrir la pérdida del olfato causada por el COVID, la asfixia del olor por tener que usar mascarillas, y la ausencia de aroma ocasionada por la cancelación de actividades y eventos sociales.

El borrado temporal de los olores durante una crisis de salud pone de manifiesto la fotografía en blanco y negro de una existencia sin olores soportada permanentemente por alguien como Afrodita, una enferma de anosmia, en el texto de Sergidou. Nos alerta de lo que perdemos cuando pasamos por alto, ignoramos o dejamos de lado los sentidos en nuestras etnografías. Además, plantea las cuestiones de cómo perfumar una vida sin olor, cómo traducir unos sentidos a través de otros, cómo describir el olor con palabras o imágenes, cómo pintar o escribir el olor.

Tras haber reunido diferentes relatos sobre lo que ganamos cuando incorporamos el olfato a nuestra percepción de los mundos que estudiamos, ahora reflexionaremos brevemente sobre lo que perdemos cuando no podemos oler o cuando no tenemos en cuenta este sentido. No sólo perdemos el color; perdemos nuestro sentido de conexión con el mundo, con nuestro entorno, con nuestra sociedad. Quedamos aislados, incomunicados. Nuestros cuerpos pierden su sentido de ser y pertenecer, de pertenecer a nuestros hogares, a nuestra comunidad. La vida social se paraliza, carece de sentido. 

Así, la antropología sin nariz pierde una vía de conexión con nuestro entorno y una forma de explorar el mundo que nos rodea. Sin el olfato, nuestros poros se tapan, nuestras voces se ahogan, nuestro gusto se desafila, nuestra percepción se vuelve borrosa, nuestras reacciones son más lentas. Tenemos una mayor necesidad de traducción.

¿Cuándo respiraremos libremente?

COVID causó anosmia

El gusto y el olfato están muy relacionados.

Pasar la Navidad con COVID ha sido un calvario. Tiempo de polvorones, borrachuelos y ricas comidas con la gente que quieres. Todo se desmorona. Este año he pasado de identificar olores que nadie huele a no oler nada. Qué raro se me hace no oler la matalauva de anís verde en Navidad, ni saborear los borrachuelos que mi madre hace cada año con la preciosa receta heredada de mi abuela. 

Ya no me importa si huele bien o mal. Ni siquiera me importa comer. Sólo sé distinguir si algo es dulce, salado o amargo. Todo huele y sabe igual para mí, ya sea un jamón serrano ibérico de primera calidad o una simple anchoa. La vista y el tacto son tan importantes para los que nos gusta comer. Se come con los ojos, decía mi madre cuando me ponía en el plato comida que nunca me acababa. Comer con los ojos y con el recuerdo de los sabores se ha convertido en un nuevo incentivo para comer. 

¡Y qué textura tienen las gambas de Huelva! Qué suaves son, pero qué poco huelen a mar. 

Nada desprende olor, ni siquiera tu propio cuerpo deja olor.

En el verano de 2021, empecé a sentirme mal de forma rápida y agresiva. Cuando recibí los resultados que mostraban que era positivo en COVID, llevaba dos días en cama. Una enfermera me llamaba a diario porque formaba parte de un grupo de riesgo. Me hacía preguntas concretas que me empujaban a reflexionar sobre mi estado y sobre cómo se estaba desarrollando la enfermedad en mi cuerpo. Una de las preguntas que me hizo fue si todavía tenía el sentido del olfato y del gusto. 

Durmiendo día y noche, levantaba las sábanas, cerraba los ojos y olía mi cuerpo febril, o me inclinaba sobre la bandeja de la comida, con los ojos cerrados para percibir mejor los olores. El síntoma tardó varios días en presentarse, pero finalmente, la extrañeza llegó y descubrí que no olía mi cuerpo ni la comida, y nada sabía a nada. 

 Experimenté el miedo a perder el olor, pero no la pérdida en sí.

Enfermé de COVID en las Navidades de 2021. En mi caso, el síntoma de la pérdida del olfato no estaba presente, aunque estaba preparado para ello. Tenía fiebre, fatiga, secreción nasal, somnolencia y una fuerte tos, pero no había perdido el sentido del olfato. Sin embargo, para asegurarme de que seguía oliendo, a menudo abría la nevera para oler el queso o el jamón, o ponía la nariz en el tarro de manzanilla. El olor seguía ahí.

Las mascarillas no solo tapan la cara, tapan el olor

Incluso ahora, cuando estoy fuera, todos los olores pasan primero por el filtro de la máscara. Qué ganas tengo de quitármela y oler la calle sin obstáculos. 

No sé si he tenido COVID o no, si soy asintomático o simplemente tengo la suerte de no haberme contagiado, pero si me preguntan por el COVID y el olor, siento que falta un elemento más: la mascarilla. A partir de hoy, 27 de febrero de 2022, el uso de mascarillas en Colombia es obligatorio, convirtiéndose en un filtro que afecta mi interacción con el entorno.  

Cuando salgo por la puerta de mi casa, con la mascarilla en la mano, siempre respiro profundamente, dispuesta a sentir cómo entra el aire en mis fosas nasales y preparada para el olor del día. Entonces me pongo la mascarilla y todo cambia. Siento que tengo la cara tapada, que el aire no me llega de la misma manera y que, por mucho que huela, ya no encuentro los olores que percibía hace unos segundos. 

Llevar una máscara con 30 grados de calor no es fácil. Inhalas y te llega el olor del calor concentrado, un calor que enrarece el aire. Respiras más fuerte en un intento de conseguir más aire, pero es inútil. La tela de la máscara se adhiere a tus fosas nasales e impide que pase cualquier olor. Es un olor abrumador: seca las ganas de caminar, de relacionarse. ¿Cuántos olores habrán pasado desapercibidos? A veces, cuando tengo mucha curiosidad, me bajo un poco la máscara para oler un perfume, un alimento o una flor que encuentro en el camino y, en los pocos segundos que dura la acción, mis fosas nasales se abren para conectar con el mundo. 

Oler desde dentro, la ausencia de olores exteriores, de olores sociales

En el campo, la primavera había brotado, los cerezos estaban en flor, se oían los pájaros, pero no se olían las flores. Su perfume era para nadie más que las abejas.

La discusión sobre la pérdida del olfato me hizo pensar que, durante la pandemia (hayamos perdido el sentido del olfato en algún momento o no), hemos aprendido a oler sólo lo que ocurre en el interior. Esto fue aún más pronunciado durante el primer confinamiento. Se podía oler el tiempo desde dentro de la casa, desde la ventana, pero no desde fuera. El olor del asfalto, de los cuerpos que están a tu lado en el metro. El olor colectivo, público, se aplazó durante un tiempo.

La Semana Santa de 2020 fue silenciosa, inmóvil, inodora. Sin procesiones, sin incienso. Sin fiestas, sin multitudes, sin reuniones grandes o pequeñas. La no-fiesta se puso de moda. Imitación digital de las fiestas, brindis y banderines en los balcones. Música enlatada. Nada de talos de maíz humeantes cocinándose en la plancha con chorizo o queso, nada de freír patatas y cebollas para los concursos de tortillas. Nada de salvas de cañón rebotando en el aire y mezclándose con la pólvora de los cohetes, disparados para anunciar el comienzo de la fiesta. Nada de sudor rancio, vino derramado, orina en las calles. 

Las calles son antisépticas. Dondequiera que vayas, hay gel desinfectante en cada esquina. Transparente, inodoro e insípido.   

Mis rosas malvas olían a limón. 

 Cortar los hilos, cerrar los canales, recuperar el enlace

Siento el mundo a través de uno de mis sentidos que hace unos años tenía casi olvidado y que ahora, a raíz de la pandemia, he empezado a valorar.

Llegar a casa y no oler nada. Darse una ducha con su gel de ducha favorito y es como si no hubiera pasado nada. 

No podemos olernos a nosotras mismas. Sólo podemos olernos a nosotras mismas. No tocar, no besar, no abrazar.

Se habían cerrado los canales para interactuar con el mundo, para formar parte de él, para aprehenderlo. Me sumergí en una sensación de aislamiento y desconexión más profunda. Cuando pasaron los peores momentos, poco a poco llegó la recuperación: la posibilidad de movilidad y energía. Y, por último, también la capacidad de volver a oler.

La pérdida colectiva del olor colectivo que podemos respirar libremente sin que las máscaras se interpongan en nuestro camino crea un nuevo deseo colectivo de contarnos. ¿Cuándo respiraremos libremente?

Biografía del autor

Katerina Sergidou es una antropóloga social chipriota con formación en Historia-Arqueología y comunicación y estudios culturales. Desde 2017 escribe una tesis doctoral codirigida por el Departamento de Antropología Social y Filosofía de los Valores/Universidad del País Vasco (UPV) [programa de doctorado en Estudios Feministas y de Género] y el Departamento de Medios y Cultura de la Universidad Panteion como miembro de la Fundación de Becas del Estado Griego (IKY). Su tesis doctoral trata sobre la participación de la mujer en el carnaval de Cádiz (Andalucía), desde una perspectiva feminista-antropológica. Ella ha realizado investigaciones en Grecia y el Estado español, que se han traducido en varios artículos de revistas, coedición de libros, presencia en congresos internacionales y escritura pública. Sus intereses de investigación incluyen las festividades de carnaval contemporáneas, las metodologías feministas en la investigación social, el arte y la política populares, el concepto de hegemonía feminista, el activismo feminista y la escritura feminista.

ORCiD: 0000-0003-2351-7195

Twitter: @KSergidou

Facebook: https://www.facebook.com/katerina.sergidou/

Sitio web: https://cmc.panteion.gr/en/studies/doctoral/phd-candidates-2?view=article&id=950&itemid=17

Noemí Gómez Mendoza (ngomezmendoza@gmail.com) es Licenciada en Pedagogía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y Doctora en Estudios Feministas y de Género por la misma universidad. Da clases en la Universidad Tecnológica de Pereira y es soñadora en el centro comunitario El Comienzo del Arcoíris. Sus líneas de investigación son el trabajo comunitario, la educación popular feminista y la antropología feminista.

ORCiD: 0000-0001-6970-6288

Twitter: @noemi_gm91

ORCiD: 0000-0001-8679-9148 [Idoia Galán Silvo]

Iosune Fernández-Centeno (mireniosune.fernandez@ehu.eus) es antropóloga, Máster en Antropología Social por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), doctoranda en el programa de Estudios Feministas y de Género (UPV/EHU) y Becaria del Programa Predoctoral de Formación de Personal Investigador del Gobierno Vasco. Ella forma parte del grupo de investigación consolidado del Gobierno Vasco “Cambio social, formas emergentes de subjetividad e identidad en la sociedad contemporánea” [IT1199-19], y del grupo Ez Donk Oraindik (UPV/EHU). Sus líneas de investigación feminista giran en torno al parentesco, la infancia y la adolescencia, los objetos, el cuerpo y las emociones.

ORCiD: 0000-0002-0189-7230

Sitio web: https://identidadcolectiva.es/equipo/iosune-fernandez/

Miriam del Pino Molina es trabajadora social por la Universidad de Málaga (UMA) con un máster en Antropología Social y candidata a doctora en el programa de Estudios Feministas y de Género de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). Ha sido becaria del Programa Predoctoral de Formación de Personal Investigador del Gobierno Vasco. Es miembro de AFIT- Grupo de Investigación en Antropología Feminista (UPV/EHU), del grupo Ez Donk Oraindik (UPV/EHU) y del Grupo de Trabajo sobre Racismo con Perspectiva Feminista (ASAEE). Sus temas de interés son las migraciones, la antropología feminista, los estudios poscoloniales, la antropología de las emociones y la antropología de la violencia.

Sitio web: https://afit-antropologiafeminista.eus/es/taldekideak/miriam-del-pino-molina/

Margaret Bullen (Nedging, Suffolk, U.K., 1964) es antropóloga feminista afincada en el País Vasco desde 1991, y profesora del Departamento de Filosofía de los Valores y Antropología Social de la Universidad del País Vasco desde 2005. Licenciada en Lenguas Modernas (Bristol, 1987) y obtuvo sa Ph.D. (Liverpool, 1991) sobre el cambio cultural y socioeconómico entre los migrantes andinos en los barrios marginales de Arequipa, Perú. Es miembro de AFIT (Grupo de Investigación en Antropología Feminista) y mantiene intereses de investigación en migración, identidad, lenguaje, así como una perspectiva de género sobre género y sistemas simbólicos, y se enfoca en la participación de las mujeres en rituales festivos. Imparte docencia en el programa de doctorado de Estudios Feministas y de Género y forma parte del grupo “Ez Donk Oraindik” con sus alumnos.

ORCiD: 0000-0003-3082-6164

Sitio web: https://afit-antropologiafeminista.eus/en/taldekideak/margaret-bullen/

Sitio web colectivo: https://afit-antropologiafeminista.eus/en/group-members/