Aromas naturales o perfumes culturales: las revelaciones de las fragancias florales

Margaret Bullen

Ez Donk Oraindik
Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)

Cita recomendada: Bullen, M. (2022). ‘Aromas naturales o perfumes culturales: las revelaciones de las fragancias florales’, entanglements, 5(1/2): 164-168

Resumen

Me gustaría reflexionar -de forma exploratoria, ya que tengo muy poco trabajo de campo en este ámbito- sobre los significados simbólicos que los seres humanos, en diferentes contextos culturales, otorgan a las fragancias de las flores. Elijo las fragancias de las flores como objeto de mi estudio (un estudio que, a veces, se hace por placer), y que investiga el placer de las flores y, en este caso, su olor. Exploro los usos y funciones que se dan a los perfumes florales, incluyendo las clasificaciones generizadas, la comercialización, la ambientación y la decoración, así como sus evocaciones y las asociaciones que se les atribuyen. Me parece fascinante la elaboración de significados culturales en torno a un fenómeno natural que tiene su propia finalidad, atraer a los insectos para la polinización, lo que permite reflexionar sobre los usos y abusos de los olores “naturales” en el antropoceno.

Palabras clave: fragancia floral, multimodalidad, antropocentrismo, sensualidad, química, comunicación olfativa

¿Te has preguntado alguna vez por qué las flores que compras con tantas ganas de agradar se ven hermosas pero no huelen a nada? Mi madre, a la que le encantaba tener flores frescas en casa, solía decir “Las flores ya no huelen como antes” y yo por supuesto asentía, aunque nunca me pregunté realmente por qué. Suponía que por la producción masiva y la exportación, la distancia del viaje que tenían que hacer, como los plátanos y las piñas, recogidos todavía verdes y que, incluso cuando maduran, tienen muy poco sabor… Las flores nos producen una sonrisa en la cara, iluminan una habitación, en general nos alegran el día,[1] pero ¿cuál es la fuente de ese placer? ¿Qué tienen las flores que comunican la felicidad?  ¿Es el gesto de regalar y la relación que representan? ¿O sus colores, formas o fragancias?[2]

Y si las flores que compramos no huelen, ¿es suficiente su color y su forma para transmitir alegría o incluso amor o afecto? En un estudio sobre las emociones positivas que producen las flores, Wilson et. al. descubren que las flores son multimodales: 

Diferentes flores inducen sus efectos a través de diferentes combinaciones de modalidades. Algunas pueden ser principalmente visuales. Otras pueden ser visuales y olfativas. Algunas pueden incluso imitar las feromonas humanas (2005, p. 127).

Al igual que las flores tienen diferentes modos de comunicarse, los seres humanos tienen diversas reacciones tanto al color como al olor de las mismas, por lo que se deduce que también varían sus respuestas a determinadas flores. Sin embargo, aunque me he propuesto explorar las diferentes formas en que las personas incorporan las flores a su vida cotidiana, tengo que admitir que mi sesgo antropocéntrico me ha impedido darme cuenta de que la mayoría de las flores no intentan comunicarse con los humanos en absoluto; más bien su olor está programado para atraer a los insectos para la polinización, hecho imprescindible para su éxito reproductivo.    

Es decir, el olor de las flores -al igual que su color- es un mecanismo para atraer a los insectos y, sobre todo, a las abejas para que realicen la labor de polinización y reproducción sexual. En The Conversation, un profesor de Floricultura y Horticultura Ornamental responde a la pregunta de Harry E., de 9 años, sobre por qué huelen las flores, explicando que algunas flores producen un olor particular “que actúa como una especie de señal de bienvenida para el polinizador adecuado”, ya sea un murciélago o un insecto.[3] Los botánicos Wright y Schiestl exploran no sólo el beneficio para las flores, sino también para los polinizadores en forma de recompensa alimentaria:

¿Por qué las flores producen olor? Muchas plantas producen flores, que son como anuncios multisensoriales que atraen a los polinizadores al contacto con las estructuras reproductivas de la planta. A su vez, los polinizadores se basan en las señales visuales y olfativas proporcionadas por estos anuncios para localizar e identificar las flores con recursos alimenticios como néctar, polen y aceites (2009, p. 841).

Así que, como probablemente ya sabíamos por las clases de biología en el colegio, “las plantas, como los animales, tienen vida sexual”, tal y como cuenta Cass Peterson en un relato picante en la revista Fine Gardening Magazine en el que describe las flores como “dispositivos sexuales”, comparando su forma exterior con un “negligé de seda” para atraer intermediarios para trasladar el polen de la antera al pistilo.[4] Pero ¿sabías que los humanos parecen captar el trasfondo sexual de las fragancias florales? Como explica Michael Viney en el Irish Times,[5] echando un divertido vistazo a las asociaciones que se hacen entre el aroma de la flor del espino y el sexo, sin perder la oportunidad de burlarse del estereotipo inglés de estar notoriamente “obsesionado con el sexo”, pero echando la culpa a la sensualidad francesa. 

Es posible que Geoffrey Grigson lo haya iniciado. En su Englishman’s Flora de los años 50 contaba cómo los franceses (¿quién más?) ponían ramas de espino en la ventana de las jóvenes. “El olor rancio y dulce de la trietilamina que contienen las flores las hace sugerentes para el sexo” (Viney, 1998).

Curiosamente, este componente químico no sólo está presente en el semen humano y las secreciones vaginales, sino también en los tejidos en descomposición. Una vez que la flor del espino ha sido polinizada, la “pesada y almizclada fragancia con matices sexuales” descrita por el botánico Charles Nelson, da paso a un “olor a pescado” causado por la trietilamina, tal y como explica Richard Mabey en Flora Britannica (1996), la cual no sólo  está presente en las secreciones sexuales sino que es “una de las primeras sustancias químicas producidas cuando el tejido vivo empieza a descomponerse” (Viney, 1998, 2006). Así pues, está claro que hay componentes químicos segregados por las flores del espino que pueden funcionar como una feromona para los seres humanos y son atractivos para los insectos polinizadores. En la cultura popular, la flor del espino se relaciona con la fertilidad y los ritos primaverales, y se dice que en la primera floración los árboles huelen a excitación, jugosos y tentadores.[6] Sin embargo, su posterior olor a carne podrida hace que el folclore lo asocie con la muerte y que se prohíba llevar el espino a casa cuando está florecido, ya que se cree que augura la muerte. 

Siguiendo con la sensualidad de las fragancias florales, me encontré con el fascinante artículo de Christina Bradstreet “Wicked with roses: Floral Femininity and the Erotics of Scent” (2007). Bradstreet analiza la representación del deseo sexual en el arte del siglo XIX, llevando a cabo una discusión intersensorial de los debates decimonónicos en torno al olor y la moral sexual femenina a través de un análisis de las representaciones de mujeres y flores en obras de arte de la época. Examina cómo se retrataba a las mujeres a través del lenguaje corporal en relación con las flores, en el gesto de oler o en otras posturas, haciendo referencia a las ideas populares y científicas contemporáneas sobre el olor, la olfacción y la sexualidad femenina. Su artículo es una lectura absorbente sobre el simbolismo histórico de la rosa como genitalidad femenina, el potencial del aroma floral para despertar la libido de las mujeres -para hacerlas sentir “perversas”- y la apertura del capullo en preparación para la actividad sexual. 

Bradstreet señala la importancia de la historia cultural del olfato (Corbin, 1982) para su lectura de las obras de arte, concretamente en su análisis de cómo se representa visualmente el olor intangible y etéreo, y lo que esa representación nos dice sobre el olor en una sociedad y una época concretas.[7]  Pregunta “¿hasta qué punto el aroma de las rosas puede afectar al estado de ánimo y al significado o actuar como marcador emocional o intelectual cuando se representa visualmente en un cuadro u en otra imagen?”:

“Dado que la esencia del olor invisible escapa a la captura en el diseño pictórico, con gran parte de la experiencia de la percepción olfativa perdida en la traducción, es útil considerar el grado en que los matices personales y culturales del olfato pueden, sin embargo, influir en la recepción e interpretación de una imagen en la que se representa el olor” (Bradstreet, 2007, p. 20).

Tanto en la representación del olor como del sonido, los códigos semióticos operan como la vista, por ejemplo, cuando se interpreta la música y se establece una interacción entre los músicos y el público a través de las expresiones corporales, los gestos, el uso de los instrumentos, el vestuario y el entorno. Leffert (1993, en Bradstreet 2007, p. 22) sostiene que “la vista de la interpretación musical… no es menos parte de la música que el tejido de las notas y ayuda a situar los sonidos dentro del espacio social”. Del mismo modo, Bradstreet (ibíd.) sostiene que “las vistas de los olores de finales del siglo XIX estaban impregnadas de políticas de clase y de género, a las que el espectador de hoy sigue siendo sensible, aunque los olores representados se evaporaron hace tiempo”. 

En la época victoriana, la poetisa Emily Dickinson expresaba el deseo silenciado a través de su pasión por las flores y su olor;[8] existía todo un lenguaje de flores, y se escribieron cientos de libros como manuales de una forma de comunicación complicada y encubierta. Esta práctica evolucionó a partir de la costumbre de llevar un pequeño ramo -llamado “tussie-mussie”- de hierbas acres y flores dulces para enmascarar el hedor de las calles. Esto facilitaba el intercambio de ramilletes con innumerables mensajes de carácter romántico o relacional, pero no hay información sobre la fragancia floral y parece que los aromas no tenían más que un propósito funcional de tapar los malos olores.[9] 

Así que, ¿alguna vez pensaste que la rosa roja era algo más que un símbolo de la pasión ardiente, la rosa oscura del deseo romántico o la amarilla, de los celos furiosos? (aunque veo que hoy en día el amarillo se ha recodifcado para significar amistad) ¿Te has preguntado alguna vez por qué algunas flores huelen y otras no? Recapitulando, aunque tenemos información convincente de los compuestos químicos de los olores de las flores, el momento en el que las olemos afectan a nuestra percepción, tanto desde el punto de vista del ciclo reproductivo de la planta (la literatura sugiere que el olor se desvanece una vez que se realiza la polinización, Wright y Schiestl, 2009, p. 842) como de nuestro propio contexto socio-histórico y el valor que otorga a los olores. Por no hablar de nuestra propia predisposición a captar -y a interpretar convenientemente- matices particulares del perfume. 

Volviendo al Irish Times, Whiney (2006) bromea sobre lo que considera la asociación obligatoria entre flores y sexo, ironizando con que “las personas que huelen flores no dejan de pensar en el sexo”; estoy de acuerdo con él cuando dice: “Debo haberme perdido uno de los impulsos de la naturaleza -sorprendentemente, tal vez, ya que el aroma de las flores ha sido uno de mis mayores placeres”. 

La notas

[1] Véase About Flowers, sitio web de The Society of American Florists, para obtener información y un vídeo de estudios: https://safnow.org/aboutflowers/quick-links/health-benefits-research/emotional-impact-of-flowers-study/

[2] En busca de respuestas a esta pregunta, mi investigación ha consistido en una netnografía, explorando tanto los textos académicos disponibles en línea, como las páginas web de floristas y sociedades florales, artículos de prensa y blogspots.

[3] Richard Harkess, “Un aroma floral puede ser agradable para una persona, pero tiene un trabajo importante para la flor”, The Conversation, 1 de marzo de 2021: https://theconversation.com/why-do-flowers-smell-151672

[4] Cass Peterson, “The Sex Life of Flowers”, Fine Gardening, (sin fecha): https://www.finegardening.com/article/the-sex-life-of-flowers

[5] Michael Viney, “Sexy smell of hawthorn”, The Irish Times, 6 de junio de 1998: https://www.irishtimes.com/news/sexy-smell-of-hawthorn-1.160794; “Flower smellers have sex on the brain”, The Irish Times, 10 de junio de 2006: https://www.irishtimes.com/news/flower-smellers-have-sex-on-the-brain-1.1015050

[6] Hay abundante información en internet sobre el potente olor del espino y su presencia en el folclore europeo. Una de las fuentes que he consultado es el blogspot de un curandero de plantas, A.Radicle, donde Guido Mase publicó el artículo “Hawthorn – Legends, Pharmacology, Recipes” (8.04.2014)

[7] Esta multimodalidad se ha considerado para la música que se percibe no sólo como sonido sino como vista, como algo “tanto observado y representado como escuchado” (Richard Leffert, The Sight of Sound (1993), en Bradstreet, 2007, p. 22). Leffert sostiene que los registros visuales que representan la interpretación de la música pueden proporcionar información sobre el modo en que una sociedad utiliza la música y, por tanto, sobre el significado cultural de los sonidos.

[8] Agradezco a Katerina Sergidou que me haya dado a conocer el poema de Emily Dickson: “Las hermosas flores me avergüenzan. Me hacen lamentar que no soy una abeja”.

[9] Dos de estos manuales de floriografía más famosos son Le langage des fleurs (El lenguaje de las flores) de Madame Charlotte de la Tour (seudónimo de Louise Cortambert), de 1819, y el libro ilustrado Language of Flowers (El lenguaje de las flores) de Kate Greenaway, publicado por Routledge en 1884 y que aún se sigue imprimiendo: https://salisburygreenhouse.com/a-rose-by-any-other-colour-would-have-a-different-meaning/

Bibliografía

Bradstreet, C. (2007) “‘Wicked with Roses’: Floral Femininity and the Erotics of Scent,” Nineteenth-Century Art Worldwide 6, no. 1 (Spring). Available through http://www.19thc-artworldwide.org/spring07/144-qwicked-with-rosesq-floral-femininity-and-the-erotics-of-scent (accessed February 14, 2022).

Haviland-Jones, J., Hale Rosario, H., Wilson, P. y McGuire, T. R. (2005) An Environmental Approach to Positive Emotion: Flowers, Evolutionary Psychology, human-nature.com/ep – 3(1), pp. 104–132.

Johnson, T. H, (ed.). (1976) The Complete Poems of Emily Dickinson. Boston: Back Bay Books, Little, Brown & Co.  

Wright, G. A. y Schiestl, F. P. (2009) The evolution of floral scent: the influence of olfactory learning by insect pollinators on the honest signalling of floral rewards, Functional Ecology, 23, pp. 841–851. 

Ziegler, C. (2007) Favored Flowers. Culture and Economy in a Global System. Durham: Duke University Press.

Biografía del autor

Margaret Bullen (Nedging, Suffolk, U.K., 1964) es antropóloga feminista afincada en el País Vasco desde 1991, y profesora del Departamento de Filosofía de los Valores y Antropología Social de la Universidad del País Vasco desde 2005. Licenciada en Lenguas Modernas (Bristol, 1987) y obtuvo sa Ph.D. (Liverpool, 1991) sobre el cambio cultural y socioeconómico entre los migrantes andinos en los barrios marginales de Arequipa, Perú. Es miembro de AFIT (Grupo de Investigación en Antropología Feminista) y mantiene intereses de investigación en migración, identidad, lenguaje, así como una perspectiva de género sobre género y sistemas simbólicos, y se enfoca en la participación de las mujeres en rituales festivos. Imparte docencia en el programa de doctorado de Estudios Feministas y de Género y forma parte del grupo “Ez Donk Oraindik” con sus alumnos.

ORCiD: 0000-0003-3082-6164

Sitio web: https://afit-antropologiafeminista.eus/en/taldekideak/margaret-bullen/